Conductas que humillan / Ruelas

Aguascalientes, febrero 17 (2026).-Hay momentos en los que un gesto aparentemente trivial desnuda una estructura de contradicciones. Es la magnitud del acto lo que importa y su capacidad para condensar, en un solo instante, la distancia entre lo que decimos ser y lo que realmente somos. El episodio ocurrido en el aniversario 109 de la Constitución de 1917, en la zona donde se firmó el pacto fundacional del México moderno, pertenece a esa categoría de signos que hieren. Recuerden la Roque-señal, “lo que diga mi dedito”, el pañuelito mocoso en “la mañanera”, y un largo etcétera.

El presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, alto funcionario del Estado consintió que una compañera de trabajo, para él subordinada, le limpiara los zapatos, lo que no es accidente, ni descuido. Es un signo que revela una verdad incómoda: la erosión de la ética republicana que daña el calendario cívico de la Nación. En un país donde la desigualdad es estructural, donde la dignidad pública debería ser un principio rector, ese gesto adquiere un peso moral devastador que humilló a la sociedad. No es lo mismo honrar una raíz que usarla de disfraz. La indigenidad no es accesorio de temporada ni credencial de ocasión.

Una legitimidad formal, sostenida por porcentajes mínimos de participación democrática (9%), por procedimientos normativa y éticamente cuestionados (el acordeón), no basta para sostener la legitimidad simbólica. La democracia no se reduce a votos contados; se expresa en la coherencia entre discurso y conducta, en la capacidad de los representantes para encarnar los valores que dicen defender. Cuando esa coherencia se rompe, el ritual republicano se vacía de sentido.

La detención del alcalde de Tequila por corrupción en gran escala completa el cuadro. Dos escenas opuestas revelan la misma enfermedad: la distancia entre el poder y la ética pública. Por un lado, la arrogancia performativa; por el otro, la corrupción estructural. Ambas son expresiones de un Estado que ha perdido la capacidad de representar dignidad, justicia y responsabilidad.

Pero estos episodios, por dolorosos que sean, también cumplen una función: obligan a la ciudadanía a mirar de frente el espejo de la República. Nos recuerdan que la democracia no se sostiene sola, que requiere vigilancia, crítica y una constante reconstrucción ciudadana. La humillación colectiva puede convertirse en un punto de inflexión si somos capaces de transformarla en exigencia, en conciencia y en acción.

La Constitución de 1917 nació como un pacto político de dignidad nacional. Honrarla no es repetir ceremonias vacías, sino defender los valores que la hicieron posible: igualdad, justicia, decoro público, responsabilidad histórica… Cuando esos valores se traicionan, la ciudadanía tiene no solo el derecho, sino el deber de señalarlo.

La República no se derrumba por un gesto, pero sí puede comenzar a reconstruirse. En un recinto fundacional, cada movimiento adquiere carácter de formalidad. Permitir que “una subordinada” limpie los zapatos no es un acto privado: es una representación pública de jerarquía, servilismo y desigualdad. En una atmósfera constitucionalista, ese gesto contradice los valores de igualdad y dignidad que la Carta Magna ordena.

En el espacio cívico que vio nacer nuestra Constitución, advertimos un gesto que no honra a la República. No fue un descuido: fue muestra de desaseo ético. Los símbolos importan porque educan, porque hieren, porque revelan. La fractura entre legitimidad formal y legitimidad moral. La anémica participación electoral de la lista de lectores, el “acordeón para mis simpatías” generaron un déficit de legitimidad social. Cuando la autoridad se presenta como demócrata, pero actúa con altanería, la ciudadanía percibe una traición política “al pueblo”. La democracia no solo se vota: se encarna. El ministro se dice hijo del maíz en los foros, aunque nunca sembró palabra ni cuidó el surco; el indigenismo que florece en sus discursos se marchitó en “la boleada”.

La legitimidad se sostiene con conducta, se mantiene con decoro, se nutre con respeto al “Otro”. Los mocasines y el alcalde de Tequila solo son ejemplos: falta de pulcritud política, son cara del mismo problema: la erosión ética en distintos niveles del Estado, muestran un rosario de impunidades. Episodios, aunque distintos, comparten un hilo conductor: la desconexión entre poder y responsabilidad.Defenderlos desde el Alcazar mayor con un “… ya se disculpó”; “… ¿por qué no hablan de García Luna?”, ofende y humilla doblemente.

En un extremo del país se exhibe arrogancia, en otro se exhibe corrupción. Ambos síntomas de un Estado ávido de alma republicana. Es preciso convertir la indignación en energía cívica.

La ciudadanía recuperará el sentido republicano en las urnas del 2027. La República es más grande que sus funcionarios. La Constitución es el rostro de la dignidad nacional; la traicionan los inmorales. El pueblo mexicano merece instituciones que lo honren, no que lo avergüencen.